Cada vez que abordo la tarea de redactar un exordio para una obra poética me invade una sensación nerviosa, una especie de inquietud contundente que trastoca mi normalidad. Es mucha la responsabilidad. Primero, por estar o no acertado en las valoraciones que salgan de mi pluma y, segundo, por ser o no capaz, en cualquier caso, de transmitir al lector el estímulo necesario para que acometa la lectura con curiosidad e ilusión.
Afortunadamente, en el caso que hoy me ocupa, poseo la enorme ventaja de haber bebido la poesía de Nina Diez del propio caño de la fuente de su trayectoria poética. Este libro es la recompensa que el corazón otorga a la autora por no permitir que su sentir más hondo se convierta en una deliberada abstracción enmascaradora: la belleza poética –su palabra– trasciende de manera mucho más efectiva si se comprende a la primera toma de contacto. Nina Diez así lo hace, desde siempre. Su estilo es altamente explicativo, hecho que permite que uno se empape y se funda con cada verso. En el texto abundan los versos largos, es una característica de la poesía de la POETA; siempre con el afán de desmenuzar el sentimiento, de desgranar el mensaje para que sea asimilado con facilidad por el receptor. Tanto es así que, a veces, estos versos estirados podrían considerarse versos estrofa, si se me permite acuñar un término ilustrativo.
Y dice la canción: "Le pongo voz al silencio que no regala palabras, pero escucho desalientos en las sombras que me quiebran".